Estamos confusos, mareados. Los titulares nos abruman. Redes sociales con usuarios que crecen, otras que no logran despegar, otras que se mantienen indemnes y otras que se hunden. Ríos de tinta o miles de bytes se escriben alrededor de los acontecimientos. Buscamos darle un sentido a todo. Hacemos análisis económicos, intentamos establecer proyecciones conductuales, lo atribuimos a decisiones empresariales, hacemos infinitas conjeturas que nos devuelven más preguntas, dejándonos desprovistos de respuestas.

No es objeto de esta reflexión cuestionar o valorar las acciones llevadas a cabo por los distintos ejecutivos de diversas compañías tecnológicas, no solo recientemente sino en el pasado. Lo que resulta interesante es coger toda esta información o sobreinformación que nos llega, que nos inunda y abruma, y elevar la mirada. Intentar alejarnos por un momento de las reglas del mercado, de las infinitas predicciones y aportar una perspectiva más desde el punto de vista psicológico.

¿Por qué tantos cambios? ¿Por qué los extremos? ¿Por qué pasamos en redes de una sobrexposición maquillada a una exposición racionalizada e hiper real? ¿Por qué creemos que debemos mudarnos a un mundo virtual y pensar nuestra vida desprovista de todo contacto humano para meses después prácticamente olvidarnos de ello? ¿Por qué estamos inmersos en contextos caóticos, donde no podemos definir y mucho menos explicar, ciertas tendencias?

Y cuando ya no sabemos qué pasa, cuando solo tenemos preguntas, aparece un factor, un detalle, algo que no puede ser manejado por la tecnología, algo incontrolable, algo que finalmente decide y modifica todo lo demás: el factor humano.

Sí, porque por detrás de la técnica y de las voluntades empresariales, hay personas. Y a las personas nos mueve el deseo, y la necesidad de satisfacerlo. Y no solo eso, sino de lograrlo de forma inmediata. Sin embargo, a esto debemos sumarle un condicionante más. La imposibilidad de sostenerlo en el tiempo. Desde el mismo momento en que nace, que se consigue, comienza a caducar. Por ello, hacer algo genial y sostenerlo en el tiempo es muy difícil.

En el año 1929, Freud escribió “estamos organizados de tal modo que solo podemos gozar con intensidad del contraste y muy poco de lo estable”. Esto nos remite directamente a la incapacidad de permanecer mucho tiempo tanto en un estado de felicidad (o goce, satisfacción) como en el de frustración (no satisfacción del deseo). Y esto hay que tenerlo en cuenta cuando hacemos una mirada a la conducta colectiva (la sociedad como algo vivo) porque en definitiva no podemos separarla del individuo.  

Decía Zygmunt Bauman1 en el libro El retorno del péndulo, “la realidad se percibe como una irritación temporal que es preciso circunvalar (…) en nuestro mundo de repuestos y del derecho a devolver en la tienda cualquier producto que no nos brinde plena satisfacción, los objetos que causan incomodidad se descartan y sustituyen por otros nuevos y mejorados”.

¿Qué podemos hacer con todo esto? Es otra pregunta que no tiene una única respuesta. El hecho de tener presente ese factor humano, de asumir que su presencia conlleva lo impredecible y lo imperfecto, puede ayudarnos a navegar en este contexto cambiante y confuso.

Hoy tenemos el foco aquí, mañana probablemente esté en otro lado, y seguramente allí pasará lo mismo.

Lo confuso, lo cambiante es lo que a su vez nos hace únicos y nos diferencia: ser humanos.

Georgina Leibovich

Directora Área de Tecnología

 

1 Zygmunt Bauman, Gustavo Dessal (2014): El retorno del péndulo, Primera edición, España, Fondo de Cultura Económica, pág. 51.