Una mano de pintura planetaria, así es como veo el Día Mundial del Planeta. Hoy se apagará la luz eléctrica durante una hora y muchos sentirán que han hecho los deberes sostenibles del día. Los gestos hilvanan la historia. Son necesarios. Nos motivan. Pero tienen un recorrido corto. En 2007, cuando se creó la idea de apagar el planeta durante una hora estábamos muy lejos del actual deterioro. Quiero decir, cada año el planeta va más apurado, pero nosotros no aumentamos la duración o el alcance del apagón.

Según la OMS, los desastres naturales asociados al cambio climático han provocado más de 600 mil muertes (95% se registran en países pobres). El Banco mundial traduce las pérdidas económicas en más de 520 mil millones de dólares. Con estas cifras me parece que lo de apagar la luz un día se ha quedado como un gesto sin sentido.

En 2015, en el marco de la conferencia COP21 sobre el cambio climático, 195 firmaron el Acuerdo de París y se fijaron las bases de la agenda de sostenibilidad 2030 en torno a 17 objetivos de desarrollo sostenible. Aunque los ODS forman parte de la cultura empresarial de todo el mundo, la base del tratado sigue siendo débil. El primero en mostrarlo fue el expresidente Trump al retirar a los EEUU de los compromisos adquiridos. Fue público y notorio. Muy Trump. Pero otros comportamientos, mucho menos visibles, también atentan contra esa entente global contra el cambio climático. Gigantes como China o India no están dispuestos a demorar su eclosión como nuevas potencias económicas con limitaciones ecológicas. Y el agravio histórico que las acompaña les da parte de razón.

Tal vez, ése sea el verdadero problema. Todos nosotros, como individuos, como sociedad, como empresas, como Estados… Todos tenemos alguna razón concreta y parcial para cuestionar la necesidad de cambiar la interacción entre el ser humano y el planeta. Más que nunca se puede hablar del árbol que cada cual porta para que se nos impida ver el bosque.

El “green deal” que acuñó la UE como refrendo de la agenda 2030 de la sostenibilidad, que a su vez activó la agenda 2030 de la digitalización son hojas de ruta incompletas. Sí, el futuro será verde -o no será-. Y también: la digitalización es clave para la transición ecológica de la industria. Pero falta lo más importante: la voluntad del ser humano de replantear no sólo su existencia sino la manera en la que la gestiona respecto al entorno. Si los mecanismos que mueven nuestro sentido de la vida siguen siendo básicamente los acuñados en la revolución industrial cómo podemos esperar que nuestra interacción sea responsable y sostenible.

El bosque ni se enciende ni se apaga durante una hora una vez al año. Esa fina capa de camuflaje, ese tímido árbol que todos portamos, no alcanza a ocultar que el bosque lleva décadas ardiendo y que cada vez nos queda menos agua y menos aire. Ahora vamos a apagar la luz.

Xurxo Torres

Director general de Torres y Carrera

@xurxotorres