Europa, de verdad

La guerra llegó a las puertas de nuestras fronteras, haciendo temblar no sólo nuestros corazones, sino también nuestro sentir sobre los límites de las democracias europeas, las libertades individuales y colectivas y, sobre todo, sobre la verdad.

"La guerra no es por la democracia"
Entrevista de Marta Valcarce al Prof. Dr. Thomas Fischer | Abogado, jurista y colaborador en Spiegel El conflicto se dirime entre Rusia y su mercado de E...
Una guerra contra la democracia
Entrevista de Lidia Fraile a Miguel Ángel García - corresponsal de TVE en Berlín. Durante décadas, Alemania ha tenido una venda sobre los ojos con Putin ...
Al norte por la verdad
Sin apenas tiempo de concluir las comunicaciones sobre la última fase de nuestro Proyecto Culebras, sonó una alarma que, dormida, parecía estar esperando ...
Torres y Carrera

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La Fundación Alba Torres Carrera está coordinando las demandas de ayudas de los refugiados ucranianos con las ofertas solidarias de organizaciones y particulares que ofrecen apoyo en estas difíciles circunstancias.

El relato de nuestros compañeros Jorge Ramírez Artesero y Xurxo Torres ha generado mucho impacto y las propuestas para sumar esfuerzos logísticos y alejar a esas familias de la guerra se suceden.

Trabajamos en coordinación con Organizaciones No Gubernamentales y con voluntarios privados, pero siempre con la vocación de aportar el mejor respaldo administrativo. Recordamos esto porque es importante que junto con los desplazamientos también exista un seguimiento de las familias que se instalan en nuestro país. Cada gesto suma. Si los gestos están bien organizada, todavía sumamos más. #AlNortePorLaVerdad #Ucrania

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Cerramos un ciclo del viaje. Dejamos a Olena y a sus hijos Bolomir y Vladislav en Zaragoza junto a su familia. Les deseamos suerte en su nuevo comienzo y nos comprometemos a ayudarles en lo que precisen.

Cerramos un ciclo, pero el viaje está lejos de terminar. En apenas unas horas hemos pasado de un desplazamiento por carretera a una operación logística mucho más ambiciosa. Nos llueven las peticiones de gente que quiere ayudar y también nos llegan solicitudes de ayuda. Lo centralizamos todo en la Fundación Alba Torres Carrera que, a su vez, se coordina con la administración y las ONG.

El reto es mayúsculo, pero la solidaridad de la buena gente corre a la par. Esto también forma parte del relato de la guerra. Posiblemente de lo poco bueno que se pueda extraer. Por eso hay que hacerlo. Por eso hay que hacerlo bien.
#AlNortePorLaVerdad

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Nuestros compañeros Xurxo Torres y Jorge Ramírez Artesero no han hecho solos el camino de vuelta a casa. Olena y sus dos hijos, de 13 y 10 años les han acompañado desde #Cracovia hasta Zaragoza.

Cracovia se ha convertido en uno de los núcleos urbanos donde más ucranianos están esperando para poder continuar viaje hacia destinos donde tienen familiares, amigos o vecinos.

En la imagen que comparten con nosotros se ve el acceso al consulado ucraniano en Cracovia.

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De vuelta a España. Han sido días de intenso aprendizaje. El primero y más importante: los ucranianos no se consideran refugiados. Ellos no dejan su país con la intención de vivir en otro para mejorar sus expectativas de vida. Ellos quieren recuperar su país. Tenemos que tenerlo presente en el largo camino que recién empezamos a recorrer.

También nos llevamos un tesoro en forma de esperanza. La ola de solidaridad y de voluntarios llegados de todas partes nos concilia con nuestra humanidad.

Por último, la guerra se disputa más allá de nuestras fronteras (al menos, en el mapa político). Las bombas caen cerca, pero hemos trazado la línea roja del conflicto. Con todo, tenemos que ser conscientes de que en Europa, Putin cuenta con valiosos y numerosos aliados. Es preciso estar alerta. El enemigo externo es manifiesto. El interno es mucho más insidioso. Y amenaza con romper el proyecto de Europa desde dentro.

Seguro que las cosas se pueden hacer mejor, pero después de lo observado estos días en la frontera de Polonia con Ucrania tenemos una certeza: la libertad, la democracia, la dignidad humana deben ser preservadas de los totalitarismos que proliferan en estos turbulentos tiempos. Si no lo hacemos, si miramos hacia otro lado, la repetición del ciclo histórico del siglo XX será inevitable.

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Poco hemos hablado de los polacos. De su gobierno y, sobre todo, de su pueblo. La entrega que están mostrando con los refugiados es sobresaliente. Sé que existen opiniones (a mala fe) que comparan nuestra sensibilidad respecto a los refugiados ucranianos con los de otros conflictos. Aquí y ahora, no toca entrar en comparaciones. Aquí y ahora, los refugiados que entran por la frontera son rápidamente trasladados a Cracovia (300 Km al oeste) para alejarlos de la guerra y abrir el proceso administrativo que regularice su situación.

Ayer, la cola de refugiados en el consulado de Ucrania en Cracovia daba la vuelta a la manzana, colapsaba el tráfico rodado e impedía avanzar a los transeúntes. Más de de un kilómetro y medio de cola. No una cola ordenada de a uno. Una cola de grupos de personas. Mujeres y niños sobre todo. Pocos hombres. Algunos abuelos.

La entrada es dramática por el trauma con el que llegan. Los trámites administrativos son un infierno porque tras salir de las llamas de la guerra enfrentan el abismo de un nuevo comienzo en tierras extrañas. En parte por eso, muchos no quieren alejarse de la frontera. En parte por eso, pero sobre todo porque mantienen el convencimiento de que ganarán la guerra y de que será corta. Y quién es nadie para decirles lo contrario

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Dejadme que os hable de Jorge Ramírez Artesero, el hombre detrás de la cámara y que me acompaña en la foto que nos acaban de hacer unos voluntarios italianos. Yo mido 1,92 y peso 110 kilos. Dejo a vuestra imaginación la altura y peso de este gigante de Bilbao.

Hago esta reflexión antropomórfica porque lo más grande de Jorge no es la talla 5XL sino su enorme corazón. Cada poco nos sorprendemos enjugando mal disimuladas lágrimas y sorbiendo mocos con vergüenza. No por llorar sino porque los que verdaderamente tienen motivos para llorar, esas mujeres y esos niños, mantienen la entereza. Así que procuramos no perturbarlos con una emoción que ambos sentimos como impostada.

Nos está escribiendo mucha gente llamándonos héroes. No, por favor. Héroes los que al otro lado de la frontera luchan contra un ejercito agresor apabullantemente superior en medios y hombres. No en valor. Heroínas, las mujeres que recorren cientos de kilómetros, la mayor parte a pie, llevando a sus hijos, a sus escasas pertenencias y a sus corazones rotos.

Nosotros solo somos personas normales haciendo lo que pueden por contribuir con las víctimas de esta desigual contienda. Y no somos pocos. Hay gente de todas partes. Aquí y allí. Los que pueden estar en presencia y los que lo lamenten y ayudan en ausencia.

Todos sumamos. Somos la legión anónima que enarbola la incolora bandera de la humanidad por encima de las banderas de colores. Todos apoyamos en lo que podemos. Y nos apoyamos entre nosotros. Yo me apoyo en el gigante de Bilbao. Y menudo apoyo.

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Poco hemos hablado de los polacos. De su gobierno y, sobre todo, de su pueblo. La entrega que están mostrando con los refugiados es sobresaliente. Sé que existen opiniones (a mala fe) que comparan nuestra sensibilidad respecto a los refugiados ucranianos con los de otros conflictos. Aquí y ahora, no toca entrar en comparaciones. Aquí y ahora, los refugiados que entran por la frontera son rápidamente trasladados a Cracovia (300 Km al oeste) para alejarlos de la guerra y abrir el proceso administrativo que regularice su situación.

Ayer, la cola de refugiados en el consulado de Ucrania en Cracovia daba la vuelta a la manzana, colapsaba el tráfico rodado e impedía avanzar a los transeúntes. Más de de un kilómetro y medio de cola. No una cola ordenada de a uno. Una cola de grupos de personas. Mujeres y niños sobre todo. Pocos hombres. Algunos abuelos.

La entrada es dramática por el trauma con el que llegan. Los trámites administrativos son un infierno porque tras salir de las llamas de la guerra enfrentan el abismo de un nuevo comienzo en tierras extrañas. En parte por eso, muchos no quieren alejarse de la frontera. En parte por eso, pero sobre todo porque mantienen el convencimiento de que ganarán la guerra y de que será corta. Y quién es nadie para decirles lo contrario

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El volumen de información generada por la invasión rusa de #Ucrania repite el modelo de saturación que ya hemos observado en otros conflictos. En la búsqueda por la verdad constatamos la importancia de tocar la primera línea del frente informativo.

En los campamentos de refugiados instalados alrededor del paso de #Medyka tangibilizamos el drama de la huida, del desamparo, de la impotencia. #AlNortePorLaVerdad

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¿Quién quiere entrar a un país en guerra? Cientos de voluntarios procedentes de toda Europa colapsan las entradas hacia #Ucrania.

Colas de varios kilómetros de #solidaridad muestran un compromiso ciudadano que por momentos parece ir por delante de las decisiones #políticas.

#AlNortePorLaVerdad

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Para Putin la guerra es un deporte individual. Hace y deshace a su antojo. Crea expectativas de disensión (pocas veces), simula implicar a aliados (de vez en cuando), miente (casi siempre) y reprime cualquier foco de protesta (siempre). Un dictador vaya.

Europa es un ente educado en los mejores colegios, sofisticado en términos de globalización, unido por destino al libre mercado, espacio de consenso, regido por la justicia, pero con la certeza de que tiene que pagar la factura de controlar el mundo durante los últimos 500 años. En fin, una democracia representativa.

Ayer Putin acercó peligrosamente sus bombas a una frontera donde los refugiados llegan demudados y exhaustos, sin otro propósito que el de poner tierra de por medio (también los hay que prefieren quedarse cerca porque piensan que el conflicto será corto). Y los polacas preparándose, por sí acaso, para que su resistencia sea, al menos, igual de heroica que la de los bravos ucranianos.

Esto, en la guerra del frente. Pero, después de ver todo este sufrimiento, tengo que hablar de la guerra insidiosa que Putin ha estado financiando durante, al menos, una década en Europa. Me refiero a los grupúsculos de izquierda nostálgicos de la URSS (por favor, si se sale a la calle que no sea con el equidistante “NO a la Guerra”), a los movimientos independentistas (Puigdemont lleva días intentando blanquear su pasado putista) y, en especial, a la extrema derecha europea con las cabezas visibles de Salvini y Le Pen al frente, pero con todo un juego de siglas esparcido por la vieja Europa. Es fácil reconocerlos: son los que ahora tildan a Putin de comunista.

A todos ellos los traería aquí a pasar unos días como voluntarios. A primera línea de fuego del desastre humanitario que tenemos en ciernes y que, claro, será víctima colateral de la crisis económica que se está gestando. Con heroicidad o sin heroicidad siempre pierden los mismos.
#AlNortePorLaVerdad

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Desde hace dos años trabajamos investigando las #fakeNews en el marco del proyecto Culebras.

Pero hasta ayer no habíamos tenido la oportunidad de ver directamente a los ojos de la serpiente. La #mentira insidiosa alcanzó el rango de obscenidad. El ministro de exteriores ruso con su afirmación ‘no atacamos #Ucrania‘ dio un giro de tuerca definitivo en el ámbito de la mentira.

En el paso fronterizo de Kroscienko-Smolnica, nuestros compañeros Jorge Ramírez Artesero y Xurxo Torres han comprobado sobre el terreno el nivel de crueldad que entrañan las declaraciones de Lavrov.

#AlNortePorLaVerdad

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La censura a determinados medios rusos está generando críticas en Europa por parte de aquellos que dicen defender la libertad de prensa. Equiparan el control editorial de estos medios por parte del Kremlin a las tendencias editoriales de los medios de la UE.

En esta interesada comparación habría que incorporar los nombres de los 36 periodistas rusos asesinados por el régimen de Putin.

La guerra de Ucrania también se dirime en nuestras fronteras con diversas perspectivas. La política desde la Unión Europea, la editorial desde los medios de comunicación occidentales y la social animada por una ciudadanía sensible al incremento de atrocidades que ofrece a diario el conflicto.

Esta es la reflexión de nuestro director general, Xurxo Torres, en algún punto de la frontera de Polonia y Ucrania. #AlNortePorLaVerdad

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La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz.
Thomas Mann

Amén. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Labrov afirmó ayer en Turquía que NO están atacando Ucrania. Más o menos, al mismo tiempo, yo tenía la oportunidad de ver las consecuencias de la NO invasión. Comparto una imagen que me dejó impresionado. El niño arropado con una manta incapaz de sacarle el frío del cuerpo ante la mirada impotente de su madre. Ese niño recogido sobre si mismo en el interior de una gélida tienda de campaña de emergencias es la imagen de la NO guerra de Labrov.

Negar la evidencia. Crear historias distópicas. Renegar de la realidad. Parte de este viaje tiene que ver con la búsqueda de la verdad entre tanta mentira. Intuía un trabajo de investigación complejo. No sabía exactamente cómo ilustrarlo. Y entonces llegó Labrov. Y, sobre todo, el niño de las gafitas. Sucesivamente. Mentira. Verdad.
#AlNortePorLaVerdad

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He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. He sentido el dolor como individuo en el verano de la vida. Y hoy he vivido el dolor de una especie que siempre sabe cómo sorprender para mal. Lo que sucede en los pasos fronterizos de Polonia con Ucrania resuena como tambor en la conciencia de Europa. Y a diferencia de Nexus 6 sé que son instantes que permanecerán vergonzantes bajo la lluvia.

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Como padre sé lo que es el dolor de perder un hijo. Ahí están los decibelios más crueles de mi existencia. Pero hoy, en el paso fronterizo de Medyka he sentido el dolor como ser humano. El sentimiento de célula de un organismos superior que es nuestra especie.

El rosario de madres con niños es incesante. La ingenuidad de esas miradas que preguntan sin que sepamos responder ha sido superior a mis fuerzas. Sabía a lo que venía a Polonia. Pero hoy en Medyka he llorado -como lloré hace siete años con el pequeño Aylan ahogado a las puertas de Europa- con toda la vergüenza del mundo. Enfrentado a esos niños la geopolítica se me ha filtrado entre los dedos, los intereses energéticos se me han hecho bola en la garganta, la inflación me ha resbalado y la vida, en nuestra frágil realidad, se me ha hecho ridícula.

El viento barrerá la hojas del calendario de esta guerra. Nos narcotizaremos. Seguiremos adelante. Pero, como con Aylan, arrastraremos la vergüenza de la célula que se siente abochornada del organismo del que forma parte.

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El bosque de Buczyma está enfermo de silencio. Está al lado del pueblo de Zbylitowska Gora al sur de Polonia. Hace 82 años los nazis entraron a saco y en una orgía de sangre y fuego mataron a todos sus habitantes. Bueno, a todos no. A los niños (800) los dejaron vivir. Unos días. Cuando se dieron cuenta del error logístico de mantener vivos a pequeños muy pequeños (ninguno mayor de ocho años y algunos bebes) decidieron que era mejor matarlos. Para los nazis matar siempre es lo mejor. Y lo hicieron. A los 800. En mitad del bosque.

Como es lógico el bosque arrastra una leyenda negra. Hay una estatua en memoria de los niños, pero nadie quiere pasar por ahí. El aire pesa, los pájaros no trinan, las ramas no se mecen, el viento desertó hace mucho, mucho. Por no haber, ni bichos hay. El bosque está tomado por el mal. No es un mal intangible ni metafísico. Es el mal del hombre.

La visita macabra es obligada en la peregrinación a la última frontera. Ayer adquirió un sentido especial, un mal redundante. 82 años más tarde la artillería rusa atacó ayer el hospital materno infantil de Mariupol. Materno e infantil. Madres y niños. Lo destruyó totalmente y totalmente tomó las vidas que albergaba. Hoy esas madres y esos niños yacen muertos bajo toneladas de escombros.

Dentro de 82 años cuando estas palabras ya no sean nada habrá algo sobre esa superficie: edificios, árboles, monumentos. No sé que será, pero sé qué lo acompañará: el mismo silencio insidioso del bosque de Buczyma. Un silencio que se pega a la piel, que impregna nuestra existencia y que la señala como cómplice del mal. Vimos como el monstruo mataba y respondimos con fingida inocencia que nada se podía hacer.

Los niños. El bosque. El mal. Todo nos señala.

Foto: Los padres de Kirill lloran sobre su cuerpo si vida. Maloletka/AP

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Hace unas semanas concluíamos el ciclo de investigación de Proyecto Culebras, #AnálisisDeBulos, con el análisis de la relación de los escolares con la realidad. Creíamos que con esto cerraríamos una etapa. Sin embargo, la guerra llegó a las puertas de nuestras fronteras, haciendo temblar no sólo nuestros corazones, sino también nuestro sentir sobre los límites de las democracias europeas, las libertades individuales y colectivas y, sobre todo, sobre LA VERDAD.

Hoy abrimos un nuevo capítulo de nuestra historia con un viaje a propósito de la búsqueda, incesante, de las verdades que hoy, y mañana, sacudirán Europa. Tras realizar- la que creemos debida- donación a Cruz Roja Española para apoyar su labor humanitaria para y con el pueblo Ucraniano, Xurxo Torres , como capitán, y nuestro compañero Jorge Ramírez Artesero como primer oficial de a bordo, recorrerán los países europeos que separan España de Ucrania con el propósito, no solo de ofrecer toda la ayuda humanitaria posible, sino también de reunir relatos, análisis, visiones y, sobre todo, las verdades que están a punto de marcar un antes y un después en la historia de nuestro continente ¡Vamos, compañeros!

“Yendo más allá de la mentira, podremos vislumbrar la verdad e iniciar su defensa”. #AlNortePorLaVerdad

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En el primer confinamiento de la pandemia me horrorizó la proliferación de las fake news. Me pareció cosa de niños pequeños reaccionando con rabia ante lo que no se entiende. Así que en los dos últimos años hemos trabajado duro para entender el fenómeno de los bulos. ¿Por qué se crean? ¿cuán difícil es propagarlos? ¿qué papel juega la desinformación? Hace unas semanas acabamos la investigación analizando la relación de niños de 12 años con la realidad. No os aburro: vienen curvas y la verdad está comprometida. Muy comprometida.

Hace unas semanas expliqué a mi equipo que debíamos evolucionar, dejar de hablar tanto de la mentira y centrar nuestro esfuerzo en recuperar la verdad. Para entonces ya había escuchado tantas veces lo de que la verdad es relativa que estaba muy, pero que muy motivado.

Y nos llegó la guerra. A nosotros. La generación del fin de la historia. Los que contemplamos la caída del bloque soviético y nos sumergimos en la búsqueda de dinero y felicidad como posesos. Hubo avisos. Primero, una crisis económica fruto de la avaricia descontrolada de unos pocos. Después, un virus nos desmontó del mito de la inmortalidad. Y en medio, la urgencia de un planeta que parece estar hartándose de tanta basura. Hubo avisos, pero para entonces estábamos tan ciegos que interpretamos la llegada del tsunami como un agradable viento tropical.

Ya estamos aquí. Con el miedo al cuello. Sofocados por el dolor de unos refugiados tan próximos. Apenas conscientes del marrón económico que encaramos. Entrenados como velocistas para una carrera de fondo. Y algo hay que hacer. Desde hace días, ante la televisión, una voz me dice: al norte, al norte. Como susurraba el capitán Hatteras de Julio Verne. Al norte, donde se dirime nuestro futuro. Al norte, ya no como punto cardinal sino como fiel de la balanza moral que perdimos hace años. Al norte, en busca de verdad. Y hacia el norte parto pues.

Foto: Andry Andryenko/AP/dpa Soldados ucranianos caminan por la nieve

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El niño tiene 11 años. Cruza la frontera solo. Su madre se ha quedado atrás, cuidando a una tía que no se puede mover. El único vínculo que le une a ella es un número de teléfono apuntado en la palma de la mano. Esos números amenazados por el sudor son el único crédito de lo que hasta ahora ha sido su vida.

Es una familia normal: padre, madre y dos hijos. Una familia como la tuya o como la mía. Ahora yacen muertos en el frío asfalto de la mañana. Sus cuerpos tapados por colchas de flores. Las únicas flores que les acompañarán en ese precipitado adiós.

A nosotros nos hablan de la subida del precio de la luz, de los problemas derivados del precio del petróleo o de la dificultad de importar materia prima básica como cereales, piensos o aceite de girasol. De la recesión que estamos a punto de sufrir.

Veo la cara de los enviados especiales a Ucrania. Cada día más desencajados. Cada día más sorprendidos de la impunidad de la caza. En cada mirada perdida encuentro la misma estupefacción que acertamos a intuir todos. ¿Cómo es posible? La barbarie se alimenta de esa incredulidad, de ese parpadeo de civilizada incomprensión, de las llamadas a una paz que solo alcanza a los muertos.

Veo la verdad zarandeada por el cruce de relatos interesados. En medio de la confusión acierto a tocar la realidad en la evacuación trampa de la familia asesinada o en la mirada perdida de ese niño que borra sin querer los números de su vida con el sudor de un puño crispado.

Nota: Dibujo de Antoni Ferré, un niño de 11 años de Barcelona. Recogido de la recopilación “Dibujos de la guerra civil” del profesor José Antonio Gallardo Cruz

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Escuchado en un bar de Madrid: Lo que deben hacer es entregar las armas, volver a sus casas y esperar que los rusos les pongan un presidente.

Las palabras son poderosas. Dibujan lo que somos. Y a partir de ahí construimos. Resiliencia. Felicidad. Coaching. Wok. Patriotismo. Comunismo. Nazis. Pero ¿Qué queremos construir?

Durante años hemos vivido de la adaptación oriental: desde el “be water my friend” al “compórtate como el bambú que se mueve con el viento dominante”. Hemos desarrollado tantas habilidades sociales como apurado el drenaje de nuestro ser interior. Hemos cedido tanto al chantaje de lo que llamamos políticamente correcto que ahora en nuestra cómoda cabeza no entra la idea de que alguien luche por principios.

Los principios no están bien vistos en la sociedad de la posverdad en la que todo se tuerce a gusto de la visión egoísta de cada cual. Los ucranianos molestan porque luchan. No es un sentimiento generalizado, pero llegará. Siempre encontraremos motivos para cuestionar esa rebeldía vital. Será la pareja. Serán los hijos. Serán los amigos. Siempre encontraremos una razón para no hacer lo correcto y criticar a los que lo hacen.

Creo que la actual guerra se dirime en muchos frentes: en las asediadas ciudades de Ucrania, en las protestas contra la guerra de Rusia, en los voluntarios que recorren miles de kilómetros para luchar o para ayudar a los refugiados. Incluso en nuestros bares. Muchas localizaciones, pero una sola verdad: los valientes ucranianos no luchan solo por ellos, luchan contra el mal que nos amenaza a todos. El mal que insidiosamente se nos mete en la cabeza invitándonos a deponer las armas, escondernos en casa y esperar que alguien nos diga qué debemos hacer.

Las palabras son poderosas. Ahora podemos decidir fluir como el agua o ser roca de una puñetera vez. ¡Camarero, otra caña!

Foto: Vanguardia | MX. Niños rusos detenidos por participar en manifestaciones contra la invasión de Ucrania

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Ayer escribí a 17 homólogos ucranianos. 17 colegas de profesión al frente de las principales agencias de comunicación del país. Básicamente les transmitía mi apoyo -y el mi de organización- en estos difíciles momentos. También expresaba mi admiración por el valor del pueblo ucraniano, mi vergüenza como ciudadano europeo por la respuesta tibia de la UE y, finalmente, nuestra oferta de ayuda concreta en envío de artículos de primera necesidad, logística para salir del país o de acogida en hogares españoles.

Esta mañana he recibido la primera respuesta, es de la CEO de una empresa de marketing digital. Me transmite, además del agradecimiento por el mensaje, su convicción de que los ucranianos van a ganar esta guerra, la realidad de un negocio cerrado con sus empleados desperdigados desde la asediada Kyiv hasta los Cárpatos, la esperanza de que todo esto pasará y la vida volverá a ser como antes, y el deseo de poder colaborar en el futuro para hacer mejores nuestras campañas de comunicación.

Creo que me ha emocionado más su mirada de futuro que la descripción del horror que les encima. Esa voluntad de pensar en un horizonte sin bombardeos me sobrecoge. Por una parte pienso que es un pensamiento ingenuo. Por otra, me pregunto quién soy yo para cuestionar esa determinación. Por encima de todo, sé que están solos (con nuestro apoyo, nuestras oraciones, lo que hostia sea) y que, aunque para ellos la vida ha mutado en supervivencia, tienen la voluntad de ver más allá con ilusión y esperanza. Ucranianos valientes. Ejemplo vivo de tantas resistencias heroicas ante las fuerzas del mal. Vuestra lucha ilumina nuestra democracia y sostiene nuestra libertad. Y no dejo de sentirme avergonzado por ello.

Foto: “La madre patria” Monumento conmemorativo de la victoria rusa en Stalingrado durante la II Guerra Mundial

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Valorar lo que tenemos | Una de las cosas que se repite entre los latinoamericanos que conozco cuando llegan a España es la tranquilidad que sienten cuando caminan por la calle o toman algo en una terraza. Cada vez que lo escucho me sorprendo porque yo, muy mal acostumbrado, lo doy por hecho.

En estos seis días de guerra he escuchado mucho de todo. Que Putin es comunista (el líder de un sistema oligárquico super capitalista). Que Ucrania no es una nación (cómo definir ese magma patriótico que nos tiene alucinados). Que Occidente es culpable (todos somos culpables de algo, pero quién ha invadido qué). Que los medios europeos son igual de manipuladores que los rusos (aquí nos olvidamos del amplio espectro editorial al que tenemos acceso). Que Ucrania lleva en guerra muchos años contra los independentistas pro rusos (desde la II Guerra Mundial no habíamos visto nada parecido a lo vivido el pasado jueves, ni siquiera en el horror de los Balcanes). Y podría seguir, pero creo que ya se entiende por donde voy.

La ideología y el poder están acabando con la razón y el bien común, amenazan nuestra libertad y nuestro sistema democrático. Esa es la naturaleza del actual conflicto. No es una confabulación o una conspiración de Occidente -siempre pendientes de ser demostradas-, es la invasión de un país soberano por un potencia extranjera con un super ejército. Son millones de personas desplazadas de su hogar por un ejercicio de fuerza bruta ante el que es imposible la equidistancia. Ni siquiera es un NO a la GUERRA. Es un NO PASARÁN desesperado. Y ni siquiera es un grito privativo de los valientes ucranianos, nos afecta a todos los europeos.

Claro que podemos ser mejores y que nuestras democracias tienen que ser sometidas a estrés permanentemente. Pero, a estas alturas de la historia, cuando lo que tenemos enfrente a la imperfecta democracia europea es la oligarquía rusa, el comunismo capitalista chino o, incluso, el fundamentalismo republicano que anega EEUU… no puedo dejar de pensar: ¿Cuánto cuesta la tranquilidad? La respuesta no demora: LO que sea NECESARIO. Incluso TODO. Y todo es lo que, en estos momentos, nos jugamos en Ucrania aunque lo sintamos desde la lejanía de nuestro salón, la tranquilidad de nuestros paseos o las cañas con los colegas.

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Europa: mira su cara. Se llama Vitaly Skakun Volodymyrovych. Se llama porque aunque murió hace tres días, su llama es eterna. La primera víctima de la guerra es la verdad. La propaganda inunda todo. O lo intenta. Pero mira su cara de niño, la bondad de sus ojos, la sonrisa inocente. Mira su juventud suspendida en el tiempo. Fue de los primeros en caer. Tenía que volar un puente para proteger a sus compañeros del avance de la infantería de marina rusa. Las cosas fallaron y finalmente para volarlo tuvo que inmolarse. Ese joven al que miras a la cara con pinta de no haber roto un planto en su vida. El instante le alcanzó e hizo lo que tú, Europa, no haces: lo imposible. De verdad.

Estoy convencido de que 72 horas después de la invasión de Putin ya hay más de un Vitaly. Con foto o anónimos. Pero con uno sería suficiente. Más que suficiente para cuestionarnos la cómoda posición desde la que contemplas el horror en Ucrania. E irá a peor. Cada día que pase, cada día de resistencia de los valientes ucranianos, los fantasmas de su valor acecharán nuestros sueños mundanos.

Europa: mira su cara. Se llama Vitaly.

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El hombre que hace reír | Decía Mark Twain: “La especie humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa”. Siempre he admirado a las personas que saben reír y que con su risa contagian. Y más aún, a lo que hacen reír a los demás. El hombre de la foto es un payaso. Un comediante. El hombre de la foto está dando una lección a la comunidad internacional. Camina con paso ejemplar entre los escombros del horror. Su enemigo, Vladimir Putin, ha ordenado apresarlo, capturarlo, secuestrarlo. Necesita hacer del él un hazmerreir. Su enemigo ha repetido en las últimas horas que el comediante ha huido de Kiev, dejando atrás a sus compatriotas. Pero el hombre de la foto se mantiene firme con los suyos, dando ejemplo de templanza en el horror de la guerra, animando con su ejemplo a defender el país del agresor extranjero.

En una guerra con tanta desproporción de fuerzas, la figura de Volodomir Zelenski está creciendo más allá de cualquier previsión. Por dios, es un cómico. Ya no hace reír, habla al corazón de un pueblo asustado, pero resuelto. Todos los defensores de la realpolitik asumen que Ucrania será derrotada y se convertirá en un Estado satélite de Rusia, con un gobernador Ruso. No digo yo que esto no sea la conclusión más lógica. Pero algo me dice que la sociedad ucraniana ya no está programada en modo lacayos del imperio. Intuyo una sociedad que disfruta de la libertad y de su derecho a reírse libremente. Una sociedad que ha crecido a base de mucho sacrificio y esfuerzo. Con nazis y comunistas en los extremos, sí. Pero con el pueblo en el centro. Los expertos, los que más saben, a veces se olvidan de esta obviedad: el Pueblo. Ese pueblo que se refleja en la figura de su líder. Y veo un factor disruptivo en el hombre de la foto. Hace reír. Sabe llorar. Se mantiene firme. Y lucha. El pueblo que refleja un líder como ese no se somete. Puede perder una guerra. Pero no se somete.

Foto: France 24. Está realizada en abril de 2021. No corresponde a la actualidad bélica.

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Mentiras sobre fondo imperial | A medida que pasan las horas crece mi estupefacción ante la charada de Putin. Pero también las dudas sobre el papel que desempeña el mundo libre en la tragedia ucraniana. Desde 2014, EE.UU y la UE han hecho creer a Ucrania que apoyan sus valores democráticos y su soberanía territorial y llegado el momento de la verdad putiana, el mundo libre se esconde tras amenazantes declaraciones reprobatorias y sanciones socioeconómicas (es una historia que me evoca a lo dicho en Afganistán, Siria o Irak).

Ucrania se ha forjado sobre el hambre que generan sus recursos y la traición que aflora en sus alianzas. En plena desintegración del imperio zarista, mientras el resto de territorios era controlado por los bolcheviques, Ucrania se hizo anarquista. El carácter individualista de sus campesinos era más propicio a una gestión libertaria de lo privado que al colectivismo soviético.

Las canciones sobre el Ejercito Negro (Ejército Revolucionario Insurreccional de Ucrania) hablan de la singularidad de una fuerza guerrillera formada por infantería pero capaz de moverse a la velocidad de la caballería y gestionado (ojo) sobre las bases de: voluntariado, elegibilidad y de disciplina libremente aceptada. Qué tipos, los anarquistas ucranianos. Su líder, Néstor Majnó, tuvo que ser retirado de un combate con los bolcheviques casi muerto, después de ser herido siete veces. Murió en el exilio, enfermo y en la más profunda de las indigencias. Su mujer y su hija fueron prisioneras de un campo de concentración nazi y acabada la II Guerra Mundial, ya en poder ruso, acabaron su vida en un Gulag. Así se temía la memoria de Majnó y su Ejercito Negro.

Viendo la desproporción bélica con la que se desarrolla la actual invasión rusa no puedo dejar de pensar en la yaciente Ucrania como esa vergüenza colectiva con la que enriqueceremos las múltiples promesas incumplidas por el mundo libre. Pienso en ese bravo pueblo, cuya única culpa es ser pueblo, que a nadie ha agredido, que a nadie ha faltado y me trae el recuerdo de la bandera negra de aquellos campesinos anarquistas bravos y decididos. O la muerte parisina de Néstor Majnó y en el pogromo vital desatado contra su mujer y su hija. Y la pena de todos ellos por la tierra que hoy vuelve a llorar y que nunca dejará de luchar.

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Enemigo a las puertas | Ni Ucrania está lejos ni la agresión rusa se produce por cuestiones locales. Europa está en el centro de una disputa que pronto será global. La UE molesta a Putin porque antepone un modelo de libertades y garantías que perturba su visión de una Rusia dominante y jerárquica. Europa incomoda a China por su tradición atlántica que la une con los Estados Unidos de América (la gran antagonista de China en la hegemonía mundial). Y finalmente, Europa no es prioritaria para EE.UU porque su mirada ha pasado del Atlántico al Pacífico en términos geoestratégicos y su posición de policía global ha dado paso al repliegue local en términos de política doméstica.

En esas aguas revueltas, Vladimir Putin reedita en 2022 la política militarmente expansiva de la Alemania nazi. Y Europa, aunque no lo parezca, tiene más capacidad de respuesta de la que se le presupone. El problema reside en nuestra unidad, en nuestra voluntad para amalgamar múltiples sensibilidades y tantas otras culturas bajo el paraguas del respeto a la libertad y a la democracia.

Por ejemplo, desde hace décadas vivimos con la ignominia del silencio en relación a la represión que vive el colectivo LGTBI en Rusia. En ese país simplemente no existen homosexuales. Por decreto está prohibido ser maricón. Como pasaba en Rusia era lejos. Pero es que ese mismo modelo ha sido importado por Polonia (vecina de Ucrania) y por Hungría (aliada explícita de Putin) y replicado por todos los movimientos populistas de extrema derecha de la Europa libre.

Hoy con la guerra a las puertas de Europa, elucubrando respuestas a la agresión militar con sanciones ejemplares, me viene a la cabeza el famoso verso de Bertolt Brecht: “Primero se llevaron a los judíos, pero a mí no me importó porque yo no lo era…”

La guerra que acaba de iniciarse en Ucrania no se dirime en el lejano Este de Europa. La guerra está a la puerta de todas y cada de nuestras casas. Enfrenta a luz y a la esperanza de la libertad y la democracia contra la oscuridad de la tiranía y la sinrazón de la fuerza bruta. Por eso desde mi anónima heterosexualidad, hoy me sumo a las anónimas sombras de homosexuales de Rusia, Polonia, Hungría o Cuba. Hoy me declaro Maricón. Y mañana seré Bollera. Y al siguiente Obrero. Y al siguiente del siguiente, Cura. Y así, hasta garantizar que la indiferencia cobarde no me deje para el final de la purga iniciada por los abusones de siempre.

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