Las redes sociales son un espejo de la sociedad que somos. Somos honestos, humildes, solidarios, comprensivos y optimistas. Pero también somos mentirosos, vanidosos, egoístas, insensibles y rematadamente pesimistas. El reflejo que nos devuelve este espejo no es siempre agradable, pero hemos de admitirlo: somos todo eso, y somos también todo lo que hay entre un extremo y otro.

Esta nueva forma de comunicación social ha roto definitivamente con la construcción del relato colectivo. Ahora existen tantos relatos como personas expresándose en sus canales y cada vez se hace más patente que, tal como demostraba el estudio publicado en 2018 por la revista Science, las mentiras viajan más rápido y más lejos que las verdades.

Según el informe Digital In 2020, creado por We Are Social en colaboración con Hootsuite, un 62% de los españoles utilizan las redes sociales y el consumo de internet diario supera una media de 5 horas y 28 minutos, lo que nos sitúa como trigésimo segundo país del mundo, muy por debajo de las casi 10 horas de Filipinas o las casi 7 horas de media a nivel mundial.

En España, la red social más usada en 2020 es YouTube, un lugar donde, a pesar de las restricciones de contenido, conviven terraplanistas con renombrados divulgadores científicos. Puesto que su puesta en escena y su comunicación resulta muchas veces engañosa, en ocasiones es necesario un ojo crítico para discernir lo veraz entre tanta falacia.

¿Cuáles son las consecuencias? ¿Qué ocurre cuando, por las prisas, no leemos ni profundizamos en la información que recibimos y combinamos esto con la necesidad de dar mayor verosimilitud a la información que favorece nuestra opinión previa?

En 1990, el abogado Mike Godwin, de la Electronic Frontier Foundation enunció lo siguiente: “A medida que una discusión en línea se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. Este enunciado desde hace años se conoce como la “Ley de Godwin” y sirve para evidenciar lo difícil que resulta establecer una conversación sin acabar en un terreno pantanoso, confuso y muy pocas veces productivo.

Este cóctel explosivo, unido a la polarización de las opiniones que se produce naturalmente en contextos de crisis, desemboca en una paradoja; muchos nos hemos visto obligados, o al menos hemos sentido la tentación, de bloquear, eliminar o al menos silenciar a esos elementos “disruptores” que sabemos que nos van a llevar a un terreno en el que no suele pasar nada positivo. Sin embargo, las redes sociales parecen no estar tomando cartas en el asunto. Recientemente se conoció un informe publicado por The Wall Stree Journal que indica que Facebook ha rechazado nuevamente intervenir en su algoritmo para dejar de fomentar la polarización.

Las situaciones de crisis como la que estamos viviendo generan una mayor tensión informativa y agudizan una circunstancia que ya estaba siendo cada vez más compleja: ¿cómo mantener nuestros canales libres de bulos, debates tóxicos y conversaciones que no hacen sino acentuar nuestra ansiedad? ¿Cómo disfrutar, aprender y compartir en un entorno digital constructivo?

En los últimos días ha tomado fuerza el movimiento #AportaOAparta, que viene a poner de manifiesto esta realidad. Un movimiento que aboga, entre otras cosas, con hacer uso de las herramientas que redes sociales como Twitter ponen a nuestra disposición para configurar nuestro timeline de modo que nos mantengamos alejados de aquellas personas o conversaciones que no nos aportan nada.

Uno de los ejemplos más llamativos lo ha protagonizado el escritor Juan Gómez-Jurado, lanzando una campaña para informar a los usuarios de la posibilidad de silenciar palabras en Twitter de modo que nunca aparezcan en nuestro timeline.

Esta propuesta ha abierto el debate entre aquellos que creen que es importante poder leer y escuchar todas las opiniones provengan de donde provengan, y aquellos que entienden que estamos alcanzando niveles de ruido informativo realmente inasumibles y perjudiciales para nuestra experiencia en redes sociales.

De lo que no cabe duda es que las redes sociales son como la humanidad: maravillosas y horribles a la vez. En nuestra mano está elegir qué parte fomentamos.

 

Lois Vázquez

Área digital de Torres y Carrera

@Loisvbarciela