La puja entre Estados Unidos y la República Popular China es el nuevo eje de la geopolítica global. El repliegue tras el abandono de Afganistán debe ser interpretado como un reacomodo de Washington para competir con Beijing en una economía global profundamente integrada a través de la digitalización y donde el poder depende del dominio de las tecnologías de avanzada de la Cuarta Revolución Industrial. A pesar de los esfuerzos orientados a la resolución de los conflictos internos (pandemia, recuperación económica, plan de infraestructuras y fortalecimiento de los sectores medio) Washington no relega lo exterior.

En este contexto, el Estado de Israel es considerado como un aliado estratégico de primer orden en Oriente Medio, no sólo por la Administración, sino también por la sociedad. Joe Biden ha sido miembro del Senado durante seis períodos y dos como vicepresidente, conoce perfectamente la influyente comunidad pro-Israel dentro de Estados Unidos. Se trata de una relación bi-partidista; una comunión de valores e intereses compartidos tanto por republicanos como por demócratas. También Israel es un aliado estratégico para Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia e India. 

Naftali Bennett y Yair Lapid han sellado un nuevo ciclo de gobierno, una amplia coalición de partidos que desplaza a Benjamin Netanyahu después de 12 años en el poder. La sintonía política entre la Casa Blanca y la nueva coalición Bennett-Lapid es excelente, y la cooperación política-militar-de inteligencia se continúa expandiendo. Aunque están pendientes las negociaciones entre Israel y los palestinos, Washington –al igual que varias capitales europeas– está más atento al desafío que plantea Irán.

Los denominados Acuerdos de Abraham (establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Sudán -con el guiño de Arabia Saudí-) constituyen un avance en la región, dan visibilidad a décadas de relaciones bajo paño y abren un nuevo horizonte de negocios: el nuevo flujo comercial entre Israel y EAU alcanzó más de 500 millones de euros en sólo un año.

Hasta la década de los 80, Israel era un país que basaba su economía en la exportación de frutas y verduras y en sectores como el turismo. Pero a partir de ahí comenzó a apostar por la alta tecnología. Hoy concentra el mayor número de emprendimientos tecnológicos fuera de Silicon Valley. Es líder en sectores clave como digitalización, ciberseguridad, salud, movilidad, Inteligencia Artificial, Fintech, Defensa y agronegocios sustentables. Hoy atrae ocho veces más en capital de riesgo que España, con una población seis veces menor.

Tras décadas de crecimiento económico y desarrollo, España se encuentra actualmente en una encrucijada en la que se juega recuperar su impulso, influencia y prestigio o seguir menguando en el escenario internacional. La gran transformación económica de Israel resulta un buen ejemplo para España. Los fondos europeos next generation deberían centrarse en fortalecer el aún pequeño ecosistema emprendedor, invertir para transformar al país desde el pragmatismo, dejando atrás modelos obsoletos y centrarse en abordar demandas socioeconómicas que no admiten demora, especialmente entre los jóvenes.

Aportar verdadero valor -como sucedió en el caso de Israel- en la digitalización y la economía verde, representa una oportunidad única para que España pueda buscar un nuevo enfoque al eje Washington-Bruselas y reforzar así el ascendente sobre América Latina donde todavía existe un gran potencial de desarrollo económico.

Joaquín Mirkin

Senior advisor de asuntos públicos

@joacomirkin