Al norte por la verdad

El 24 de febrero Rusia invadió Ucrania. El 8 de marzo, Torres y Carrera activa -en colaboración con la UCM- la investigación #AlNortePorLaVerdad. El trabajo se desarrolla en cinco frentes: escucha digital y análisis demoscópico durante el primer mes de guerra en 7 países, entrevistas durante tres meses a distintos pensadores y comunicadores de la UE, toma de contacto con la realidad de las fronteras de Polonia y Ucrania y, finalmente, una coordinación logística, social y económica -que se mantiene vigente aún hoy- con el colectivo de desplazados por la guerra. La vocación del trabajo se resume en la necesidad de cartografiar todos los puntos posibles del conflicto para acercarnos a una verdad asediada por el relato.

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Torres y Carrera

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Mentiras sobre fondo imperial | A medida que pasan las horas crece mi estupefacción ante la charada de Putin. Pero también las dudas sobre el papel que desempeña el mundo libre en la tragedia ucraniana. Desde 2014, EE.UU y la UE han hecho creer a Ucrania que apoyan sus valores democráticos y su soberanía territorial y llegado el momento de la verdad putiana, el mundo libre se esconde tras amenazantes declaraciones reprobatorias y sanciones socioeconómicas (es una historia que me evoca a lo dicho en Afganistán, Siria o Irak).

Ucrania se ha forjado sobre el hambre que generan sus recursos y la traición que aflora en sus alianzas. En plena desintegración del imperio zarista, mientras el resto de territorios era controlado por los bolcheviques, Ucrania se hizo anarquista. El carácter individualista de sus campesinos era más propicio a una gestión libertaria de lo privado que al colectivismo soviético.

Las canciones sobre el Ejercito Negro (Ejército Revolucionario Insurreccional de Ucrania) hablan de la singularidad de una fuerza guerrillera formada por infantería pero capaz de moverse a la velocidad de la caballería y gestionado (ojo) sobre las bases de: voluntariado, elegibilidad y de disciplina libremente aceptada. Qué tipos, los anarquistas ucranianos. Su líder, Néstor Majnó, tuvo que ser retirado de un combate con los bolcheviques casi muerto, después de ser herido siete veces. Murió en el exilio, enfermo y en la más profunda de las indigencias. Su mujer y su hija fueron prisioneras de un campo de concentración nazi y acabada la II Guerra Mundial, ya en poder ruso, acabaron su vida en un Gulag. Así se temía la memoria de Majnó y su Ejercito Negro.

Viendo la desproporción bélica con la que se desarrolla la actual invasión rusa no puedo dejar de pensar en la yaciente Ucrania como esa vergüenza colectiva con la que enriqueceremos las múltiples promesas incumplidas por el mundo libre. Pienso en ese bravo pueblo, cuya única culpa es ser pueblo, que a nadie ha agredido, que a nadie ha faltado y me trae el recuerdo de la bandera negra de aquellos campesinos anarquistas bravos y decididos. O la muerte parisina de Néstor Majnó y en el pogromo vital desatado contra su mujer y su hija. Y la pena de todos ellos por la tierra que hoy vuelve a llorar y que nunca dejará de luchar.